Cuentan que, cuando el profeta Elías llegó al monte Horeb, tuvo la oportunidad de poder encontrarse con el Señor. Evidentemente no fue fácil para él descubrirle, pues el Señor no se hizo presente en carne y hueso, sino que, teniendo en cuenta su original creatividad, prefirió jugar al escondite con él.

De este modo, “pasó primero un viento fuerte e impetuoso, pero el Señor no estaba en el viento. Al viento siguió un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Al terremoto siguió un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Al fuego siguió una brisa suave. Elías al oírlo…” se encontró con el Señor, porque estaba en la suave brisa. (Cfr. 1 Re 19, 9-13).

Seguro que todos hemos escuchado alguna vez eso de “hay que saber apreciar los pequeños detalles de cada día”… Dios es un experto en “pequeños detalles”. Sí, de esos que llenan nuestra vida y que pueden verse a diario. Pero sólo pueden verse si estamos bien atentos.

Saint-Exupéry, en su libro “El Principito” dice: “Lo esencial es invisible a los ojos, no se ve sino con el corazón”. Y tiene mucha razón. A veces nuestra vida está tan repleta de cosas, de prisas, de dudas, de vacíos, que no nos paramos a disfrutar del paisaje, de la belleza y de lo bueno que tenemos alrededor. Para poder apreciarlo es imprescindible abrir bien los ojos del corazón, y si aún así no podemos verle, quizá sea cuestión de revisarnos la vista y ponernos unas buenas gafas.

Tenemos por delante un nuevo año que estará repleto de oportunidades, de detalles, de trabajo, de compañeros, de alumnos/as, de padres y madres, de sinsabores y de alegrías… No sería justo para ti que todo esto pasara por tu vida como si nada, porque en cada hermano, en cada compañero, en cada alumno y en cada trabajo tenemos la oportunidad de encontrarnos con esa brisa suave que caracteriza al Dios de la Vida, aquél que hace de lo rutinario algo extraordinario y maravilloso.

Tienes mil oportunidades de encontrarte con el Señor cada día, de abrir los ojos a lo que te rodea, al que tienes al lado,… ¿Vas a perderte todo eso por no tener los ojos bien abiertos o no llevar las gafas adecuadas?

Ojalá que, cuando alguien te pregunte eso de ¿Lo has visto?, puedas responder con el corazón lleno de alegría: Sí, lo he visto y camina a mi lado. Ojalá que tus días estén llenos de “detalles por descubrir”, repleto del Dios de la Vida, del Dios de las pequeñas cosas.

Y tú… ¿Lo has visto?

Búscalo en tu vida, en los pequeños y grandes detalles que Dios tiene pensados para ti.

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