Hoy, en la calma luminosa de Dios, la Congregación da gracias. Nuestro corazón late con una alegría serena, de esas que no hacen ruido, pero sostienen la esperanza: Ana Paula, Levita y Alcina han comenzado el postulantado.
Se abre para ellas una etapa sencilla y decisiva. No es solo un inicio formativo; es, sobre todo, un comienzo del alma. Es ponerse en camino con lo puesto, dejarse conducir, permitir que el Señor vaya inclinando el corazón hacia lo esencial. En este tiempo, la llamada se escucha con más hondura, porque la vida aprende a callar lo accesorio para atender a lo que permanece.
Como Esclavas de la Eucaristía, acompañamos este paso desde la fe confiada. Sabemos que el postulantado es una gracia discreta: crece en lo escondido, se fortalece en lo pequeño, madura sin prisa. Es escuela de ofrenda, donde el corazón aprende a entregarse sin condiciones y a vivir desde la verdad, sin forzar nada, sin retener nada.
Y en este camino, María va delante. Ella, mujer del fiat, Madre del “sí” pronunciado de una vez para siempre, las acoge bajo su mirada maternal. Que su presencia las sostenga en la libertad interior, en la pureza de intención, en la alegría humilde de saberse guiadas.
Hoy las confiamos al Corazón de Jesús, vivo y presente en la Eucaristía. Y, con gratitud, hacemos nuestras las palabras de Madre Trinidad, que resumen la disposición que fecunda toda vocación: “Dispuesta estoy a lo que el Señor quiera de mí, a dar mi vida por su amor y su gloria, ¡como Él quiera!”
Seguimos caminando juntas. Porque cada comienzo verdadero, cuando nace en Dios, ya lleva dentro una promesa: la de su fidelidad, que nunca falla.
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