El 5 de septiembre vivimos una jornada profundamente marcada por la gratitud. En el corazón de la Iglesia, y con la alegría serena de quienes reconocen la obra de Dios en la vida concreta de sus hijas, celebramos la profesión religiosa de tres jóvenes: Esmeraldina Tomás, Imaculada Soares y Teresa Mundenguela.
Su “sí” no fue solo una palabra pronunciada en un momento solemne. Fue una entrega. Una respuesta nacida en el silencio de la llamada, madurada en el discernimiento y ofrecida al Señor con el deseo de vivir en pobreza, castidad y obediencia, adorando continuamente a Jesús en espíritu y verdad.
Para nosotras, Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios, toda consagración encuentra su centro en Jesús Sacramentado. Ante Él se comprende la vida. Ante Él se aprende a entregar lo que somos. Ante Él el corazón descubre que la vocación no es una conquista personal, sino una gracia recibida para amar más, servir mejor y permanecer fieles en la voluntad de Dios.
En este mismo día dimos gracias por los 25 años de consagración religiosa de la Hermana Gracinda Tavares Semedo. Su aniversario nos permitió contemplar la otra cara del mismo misterio: el sí que se renueva, el amor que ha atravesado los años, la fidelidad hecha camino. Si la profesión de las más jóvenes nos habla de comienzo, la vida entregada durante veinticinco años nos recuerda que la vocación crece cuando se sostiene día a día en la gracia.
La celebración fue presidida por Su Eminencia D. José Ornelas, obispo de Leiria-Fátima, y contó con la presencia de sacerdotes, religiosos, religiosas, familiares y fieles laicos. Esa presencia compartida expresó algo esencial: ninguna vocación nace aislada ni se vive para sí misma. Toda consagración pertenece a la Iglesia, se sostiene en la oración de muchos y se convierte en signo para el Pueblo de Dios.
Damos gracias al Señor por Esmeraldina, Imaculada y Teresa, que han querido responder generosamente a su llamada. Damos gracias también por la Hermana Gracinda, por sus años de entrega y por la fidelidad que solo puede explicarse desde la gracia. En ellas contemplamos, una vez más, que Dios sigue llamando, sigue acompañando y sigue haciendo posible una vida ofrecida por amor.
Pedimos al Señor que conserve en nuestras hermanas la alegría de la entrega, la sencillez del corazón disponible y la perseverancia de quienes saben que la vocación se cuida cada día. Que María, Madre de Dios, las acompañe con ternura materna y las enseñe a guardar todo en el corazón. Y que Jesús Eucaristía sea siempre su centro, su fuerza y su descanso.
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