Hay un momento en que la vida deja de ser solo camino
y se convierte en respuesta.
¿Has sentido alguna vez una llamada discreta, pero persistente, capaz de cambiarlo todo?
Yo la sentí.
Crecí en una familia sencilla, donde el amor tenía gestos concretos: rezar, compartir, cuidar. Allí aprendí a amar y a confiar.
Pero, con el tiempo, fui descubriendo que existía un Amor aún mayor; un Amor que no pasa, que no falla, que llama por el nombre: Jesucristo.
En la juventud, entre sueños, amistades y tantas preguntas sobre el futuro, fui escuchando ese Amor.
No siempre de forma clara.
No siempre sin miedo.
Pero había una presencia que permanecía… y que me pedía más.
Hasta que comprendí: era una invitación.
Dejar.
Confiar.
Seguir.
Así comenzó mi camino en las Esclavas de la Eucaristía y de la Madre de Dios; un camino donde el primer amor se fue convirtiendo en entrega.
Allí abracé los consejos evangélicos, la espiritualidad eucarística, franciscana y mariana, y la misión de adorar a Jesús en la Eucaristía y educar a niños y jóvenes; un estilo de vida que dio rostro a mi amor por Dios y por los demás.
Después, el Señor me llevó más lejos, más allá del mar.
Timor.
Lejos de todo lo que me era familiar, pero muy cerca de lo esencial.
Allí, en medio de los desafíos, confirmé mi vocación de maternidad espiritual: cuidar, escuchar, acompañar… ayudar a cada niño y a cada joven a descubrir que es amado por Dios, un Dios que ama primero.
Cada rostro.
Cada historia.
Cada pequeño gesto de fe.
Todo me decía: merece la pena decir “sí”.
Hoy, de regreso a mi tierra, miro el camino con gratitud.
El presente es lugar de entrega.
Y el futuro permanece abierto… habitado por una confianza que no es mía, sino de Aquel que nunca deja de decir:
“Yo estaré siempre contigo.”
¿Y tú?
Si ese Amor te llamara hoy…
¿reconocerías su voz?
¿O lo dejarías pasar?
Hermana Fátima Campos.
DE INTERÉS…


















