“Cuanto más cavamos en las Escrituras, más nos parecen una mina inagotable de verdad” — Charles Spurgeon.
Oímos al cabo del día muchas palabras; pronunciamos también palabras, muchas palabras… ¿Cuántas?  Algunas con pleno sentido, otras dichas sin pensar. Palabras de ánimo y de desaliento, palabras de ternura, de ira, de comprensión, de esperanza… Palabras que saben de silencio y palabras que saben romperlo. Que llenan vacíos, que van al encuentro. Hablamos. Es nuestro manera de comunicarnos. Pero… ¿Qué dicen nuestras palabras?

La Palabra…

El profeta Isaías nos dice:

Así dice el Señor:

«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»
Cuando la Palabra con mayúscula llega a nuestra vida y no solo la escuchamos sino que también la acogemos, algo cambia. Es transformante. ¡No la dejemos pasar de largo! Te interpela, te empuja, te anima,…
Acoge en este año nuevo la Palabra de Dios con un sentido nuevo, dicha para ti.
¡Déjala que hable!
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