A veces me han preguntado: «Y a ti ¿No te hubiese gustado ser madre?» Yo suelo responder: «Lo soy. Aunque mis hijos no lleven mi sangre y no los haya dado a luz». Siempre ha resonado en mí la frase de nuestra fundadora, la Madre Trinidad, que pedía a sus monjas fuésemos para los niños «verdaderas madres». Yo no he tenido la dicha de ser madre, porque el Señor tenía preparada para mí la vocación religiosa. Pero me ha dado el gran regalo, el gran don de otra maternidad que va más allá de lo biológico. Esa maternidad que nace del corazón, de las «entrañas» del alma,… de Dios.

Me siento agradecida porque se me abre la posibilidad de…

…poder entrar en el espacio sagrado que es la vida del otro y descubrir con asombro y respeto lo que Dios va haciendo en nuestras vidas.

…abrirme a la escucha, a «darme» en cada encuentro.

…poder expresar en gestos, abrazo, beso…, mi ser que ama.

…ser ternura, acogida, lugar de encuentro.

…poder olvidarme de mí misma y dar siempre la prioridad al otro.

…ser para los demás.

…amar sin apropiarte de nadie.

…compartir el gran amor que Dios, en su infinita misericordia, cada día derrama en mi vida.

…ser madre… de muchos hijos.

¿Y tú?

¿Cuál es tu maternidad?

¿Dónde das «a luz», dónde das vida?

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