La imagen que preside la Ermita de uno de los pueblos donde viví, es una hermosa Virgen, centro de peregrinación y devoción de todas sus gentes. A sus pies un gran sagrario con el Santísimo expuesto al que acompañamos y adoramos las religiosas gran parte de nuestra jornada.

En uno de los laterales hay un Cristo crucificado que, a los ojos de cualquier persona que entre por primera vez al Santuario, pasaría desapercibido.Hasta aquí todo parece normal. Si no fuera porque el Cristo crucificado tiene los pies gastados. Gastados sí, gastados de «sentir» las plegarias de las personas que con fe se acercan a Él, musitan su oración y besándose antes la mano, le acarician los pies.
Y me acordé del cuento de…
«Un pobre campesino regresaba del mercado al atardecer. Descubrió de pronto que no llevaba su libro de oraciones. Se hallaba en medio del bosque y se le había salido una rueda de su carreta.
El pobre hombre estaba afligido pensando que aquel día no iba a poder recitar sus plegarias. Entonces oró de este modo: He cometido una verdadera estupidez, Señor. He salido sin mi libro de rezos. Tengo tan poca memoria que sin él no sé orar. De modo que voy a decir cinco veces el alfabeto muy despacio. Tú, que conoces todas las oraciones, puedes juntar las letras y formar las plegarias que ya no recuerdo.
Y Dios dijo a sus ángeles: De todas las oraciones que he escuchado hoy, ésta ha salido sin duda alguna, la mejor. Una oración que ha brotado de un corazón sencillo y sincero.»
A veces me pregunto si en mi relación con Dios, si en mi oración diaria pongo tanta fe y tanta confianza, si en mi corazón hay tanto amor al besar sus pies… yo «especialista» en oración…
Y sigo confiando en su Palabra a pesar de mi pobreza; y sigo poniéndome en sus manos con una oración secilla.
Ya nos lo dijo: «y todo lo que pidáis con fe lo recibiréis» Mt 21, 22 Al Señor no le importa «que le gastemos» los pies… ¿Cómo es de confiada tu oración?
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