Un buen día Dios me alcanzó.

Con piedad y ternura me miró.

Y tocó este corazón mío.

Me dio una mirada profunda, tierna y hermosa.

Eso no es menos que el infinito.

Fue un día como hoy 17 de agosto de 1998, precisamente hoy (17/08/22) 24 años después y 16 años que dejé mi casa y mi familia, lanzándome a esta gran aventura de seguimiento de Jesús en la Congregación de las Hermanas Esclavas de la Santísima Eucaristía y Madre de Dios, doy gracias. Les voy a contar un poco la historia de mi vocación, es decir, una historia del amor de Dios conmigo.

Mi nombre es Eloisa Helena Marques Fernandes, nací en Cabo Verde, en la isla de Santiago, el 17 de abril de 1982, en una familia cristiana. A los 5 meses de mi nacimiento fui bautizada, justo el 14 de septiembre. Soy la mayor de 5 hermanos, nos educaron en valores cristianos y aprendí desde muy pequeña a orar con mi abuela, que me contaba muchas historias de la Biblia, me llevaba a la Eucaristía, adoración al Santísimo Sacramento. -que ya me atraía mucho- e incluso a reuniones de Acción Católica. Después fui a la catequesis y formé parte del coro parroquial. A los 7 años hice mi Primera Comunión, y desde entonces sentí un gran amor por Jesús en mi corazón, y siempre cuidé de “portarme bien” para poder recibir la Sagrada Comunión todos los domingos. Todo esto me ayudó a crecer en la fe, y sin darme cuenta mi corazón estaba siendo cautivado por Jesús.

Realmente no sé cuando nació mi vocación, solo sé que a los 6 años mi maestra me preguntó qué quería ser de mayor, y le dije que quería ser «Hermana de la Caridad», (eso es como se llama a las religiosas en mi tierra) y todos se reían de mí y me daba tanta vergüenza que nunca mas volví a hablar de eso con nadie.

Más tarde, un día en la parroquia, conocí a las hermanas. Sentí alegría cuando me di cuenta de que eran mujeres felices de Dios, que mi corazón latía con fuerza, y sentí que yo también quería ser hermana. Yo tenía 13 años. Hablé con una amiga y me dio el teléfono de una de las Hermanas ESEMD y me puse en contacto con ella. Hablé con mis padres que me pusieron cierta resistencia porque todavía era muy joven. Luego me empezaron a acompañar las hermanas y empecé el proceso de discernimiento: participaba en encuentros vocacionales, y también era catequista, tenía 15 años en ese momento. Hasta que un día en un encuentro vocacional con las hermanas, estábamos meditando un texto bíblico, no recuerdo nada, solo una palabras “Sígueme”. Todavía recuerdo el lugar donde estaba sentada en el suelo en este momento; tenía un fuerte sentimiento en mi corazón de que esta invitación de Jesús se dirigía personalmente a mí. Me sentí tan feliz y sentí que mi corazón estaba lleno del amor de Jesús. ¡Y decidí entrar en la Congregación ese día! Acababa de cumplir 16 años y terminar el noveno grado. Hablé con las hermanas, que me invitaron a hacer un discernimiento y una experiencia comunitaria con ellas. Hablé con mis padres, que les costó mucho, sobre todo a mi madre, pero aun así ella me ayudó en todo a prepararme y me acompañó a la comunidad de las hermanas. Recuerdo a mis hermanos llorando mucho y a mi madre que no paraba de llorar en todo el camino a la ciudad, me dolía el corazón… pero había una fuerza invencible en mí que ahora sé que no era mía. Las hermanas me acogieron con gran alegría el 17 de agosto de 1998, a la edad de 16 años. Dos días después comencé el aspirantado en la Isla de Maio.

Un año más tarde vine a Portugal para hacer el postulantado y el Noviciado en Braga. Fueron momentos de gran alegría, a pesar de encontrarme con las dificultades, me sentí fuerte en Jesús. En ese momento “me llevó al desierto y me habló al corazón” (cf. Os 2,16). Creo que mi vocación arraigó y se consolidó aquí.

Experimenté la mirada amorosa y creativa de Dios que me llegaba de manera única en Jesús. Hablando del joven rico, el evangelista Marcos dice: “Jesús, mirándolo, sintió afecto por él” (10,21). Experimenté esta misma mirada de Jesús, llena de amor, que se posa sobre mí, me dejo tocar por esta mirada y llevarme por Él más allá de mí.

El 2 de febrero de 2003 hice mi Primera Profesión Religiosa a la edad de 20 años. En este día me entregué para siempre a Dios, en una entrega abandonada y confiada. Todavía recuerdo la canción que cantábamos después de los votos, la letra decía: “Una alianza de amor hice contigo, Señor; dame tu abundante gracia para cumplir fielmente.” Eso es exactamente lo que pasó. Hice mis votos perpetuos en 2008, el 14 de septiembre, en la misma fecha de mi Bautismo, que fue una feliz coincidencia que viví como un signo y una gracia del Señor, que me consagró a Él, primero en el Bautismo y luego en la Consagración Religiosa de manera definitiva.

Después de terminar mis estudios en el campo de la Teología en la Universidad Católica de Portugal, fui enviada en Misión a Timor-Leste, donde permanecí durante 5 años. Aprendí a testimoniar la belleza de estar consagrado a Dios, adorando al Señor y sirviendo. Sí, porque nos inquieta cada día con nuevos desafíos, en los que en Él y con su gracia, se hace posible ser signo del amor de Dios en el mundo. Solo me queda agradecer por tantas gracias, aprendizajes en esta experiencia misionera que me hizo crecer mucho, queriendo dejarme llevar por el Espíritu Santo en cada momento. Hoy, 24 años después, cuando rezo la llamada y mi sí, me doy cuenta de que es el Señor quien siempre tiene la iniciativa, viene a nuestro encuentro y nos empuja.

A lo largo de los años he aprendido, a la manera de la Madre Trinidad, a dejarme mover por este impulso interior contemplativo centrado en la adoración de Jesús en el Santísimo Sacramento. Me siento privilegiada, porque es una bendición, una gracia de Dios, poder estar a solas con Él cada día, en su presencia…, en la Adoración: mirar y dejarme mirar por Jesús en la Eucaristía… amar… Contemplar y dejarse contemplar… y poco a poco la vida cambia.

Aprendí a entregarme a las hermanas nutriéndome de la Eucaristía cada día, celebrada y adorada, en las incontables horas en que mis rodillas se doblan ante mi Señor en el Sagrario en silencio, para que Él instruya todo mi ser. Sin embargo, su presencia y acción reviven en mi memoria agradecida por la confianza con que las hermanas me miran, por los gestos de verdadera amistad, que me ayudan a crecer.

Las misiones que el Señor me encomendó a través de mis superiores, fueron motivo de alegría, aunque llenas de desafíos. Conocí y sentí mis debilidades, pero experimenté en toda su belleza, la fidelidad de la mirada amorosa del Dios de misericordia que nunca soltó mi mano. Hoy, una vez más, quiero decirle sí al Señor: lo que Tú quieras, Señor, como Tú quieras, cuando Tú quieras, ¡aquí estoy! Porque ese “sí” se renueva cada día.

Miro hacia atrás con profunda gratitud por la fidelidad de Dios, haciendo memoria agradecida de su acción en mí.

«¿Cómo le daré gracias al Señor por todo lo que me ha dado?» (Salmo 115)

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