Me llamo Hélida Elisete Tavares Correia. Nací el día 24 de marzo de 1984 en la ciudad de Praia, Isla de Santiago, capital de Cabo Verde, pero crecí en el interior, en un Valle verde, de temperatura suave, al pie del segundo pico más alto de mi país, pico de Antonio, del cual recibe el nombre mi pueblo.

Soy la segunda de 8 hijos (5 chicas y 3 chicos). Con mi madre aprendí las primeras oraciones (la señal de la Cruz, el Ángel de la guarda, Ave María, Santa María y gloria). Tengo bellos recuerdos de los años que viví con mis hermanos y mis padres, a pesar de dejarlos a los 4 años.

A los 4, casi 5 años, mi futura madrina, que no tenía hijos pidió a mis padres que me dejasen ir a vivir con ella. Según ellos fue una decisión muy difícil separarme de mis hermanos. Fue en el pueblo de mi madrina donde recibí el sacramento del bautismo a los 5 años y empecé mi formación académica y cristiana. Mi madrina era una mujer que vivía y practicaba la fe cristiana católica inculcando en mí un gran amor a Nuestra Señora y a Jesús.

Cuando era pequeña era muy miedosa y no quería dormir sola, para tranquilizarme ella me decía que Nuestra Señora y Jesús me acompañarían y que ellos eran mis amigos y protectores. Tuve una infancia feliz, fueron años de mucho amor, cariño, ternura y acogida.  Hoy puedo decir que mucho de lo que soy se lo debo a los adultos que me rodearon, principalmente a mi madrina.

A los 6 años comencé la catequesis oficialmente. Me gustaba mucho oír a mi catequista hablar de Dios y de su proyecto para cada hombre. A partir de mi Primera Comunión comencé a querer saber más sobre Jesús y su presencia en mi vida. Confieso que sentía miedo de hacer algo que apartarse a Jesús de mi corazón.

De vuelta a casa de mis padres continúe en la catequesis me metí en los grupos de jóvenes que existían en mi parroquia.  A los 14 años comencé a ayudar a mi catequista en la catequesis y a los 15 años me nombraron vice-jefa de los jóvenes de mi pueblo. Tenía mis planes para el futuro, estudios, formación superior ayudar a mi familia y posteriormente casarme y formar mi familia. Todo menos ser religiosa, a pesar de que a los 11 años le dije a uno de mis tíos que cuando fuese grande quería ser de Dios. Para mi familia, principalmente mi madre, mi futuro estaría relacionado con el estudio, formación superior. El mandato era estudiar, estudiar, estudiar… todo lo demás vendrá después y yo llevaba esto muy a pecho. Había una hermana espiritana que iba a mí parroquia todos los primeros domingos de cada mes, fue la primera religiosa que vi. Me llamó mucho la atención pero no me atrajo hasta el punto de querer ser como ella. De momento, lo que fuera quedó dentro de mí. Con 15 años comencé la preparación para la Confirmación.  En una de las catequesis abordamos un tema relacionado con las vocaciones existentes en la Iglesia: vocación matrimonial; vocación sacerdotal; laicas consagradas y vida religiosa. Este tema despertó en mí mucha curiosidad, esta curiosidad fue aumentando y quería saber más y más sobre la vida consagrada las religiosas pero no conocía otras hermanas más que aquella que iba mi parroquia.  Tenía que contar lo que sentía a mi madre, entonces le dije que sentía que Jesús quería algo de mí: ser religiosa. La reacción de ella no fue para animarme, puedo decir que se quedó un poco enfadada conmigo diciendo que tenía que estudiar, que esto era lo único que me garantizaría el futuro, incluso me dijo: “nosotros no tenemos ninguna religiosa en nuestra familia, ni tú conoces a las hermanas”. Frente a la reacción de mi madre, creí mejor olvidarme de todo y esforzarme en el estudio, sin conseguir controlar este sentimiento, pero como afirma el profeta Jeremías: “En mi corazón su palabra era como fuego devorador encerrado en mis huesos, me esforzaba por contenerlo pero no podía”. (Jr 20,9b)

Pasado un poco de tiempo después de la conversación con mi madre, una prima de mi padre que era religiosa de nuestra Congregación fue de vacaciones. Pidió que mi hermana y yo fuéramos a encontrarnos con ella, yo me resistí un poco pero después fui. La forma en que me habló de la vida de Jesús, del proyecto que Dios tiene para mí, volvió a encender aquel deseo de entregarme a Dios pero le respondí que no quería ser religiosa. En el fondo sentía miedo de abordar este tema de nuevo con mi madre. Antes de que la reigiosa, prima de mi padre, terminase sus vacaciones me invitó a visitar a las hermanas Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios en Praia. Acepté pero me dije a mí misma: “iré pero no sé, quiero a mi madre y no quiero ser religiosa”. Me sentía tan dividida… me gustó conocer a las hermanas y la forma como nos acogieron dio forma y nombre a lo que estaba sintiendo.

Tenía un gran amigo desde los 9 o 10 años con quién compartía muchas cosas, entonces le conté cómo me sentía dividida. Él me dijo: “Eli, habla con Jesús, ciertamente él te ayudará a descubrir lo que realmente quiere de ti y habla con tu madre”. Quede más animada, llegue a casa y le dije a mi madre que quería ser religiosa. Ella me dijo: “No quiero oír esta conversación otra vez, estudia ¿ya te olvidaste que tienes un futuro?”. Confieso que a partir de ahí mi oración pasó a ser acompañada de muchas lágrimas, pues no sabía si obedecer a Dios o a mi madre, a la que amaba tanto. Mi madre buscando todos los medios para hacerme desistir de la idea de ser religiosa me sugirió inscribirme para ser policía, colaborar con una educadora de mi pueblo, o ír a Portugal a vivir con mis tíos. Mi madre, una mujer de mucha fe, no estaba dispuesta a ofrecerme a Dios pero mi confianza de que Dios haría su trabajo solo aumentaba. Ella me dijo muchas veces: “lo importante es que seas una buena cristiana”. Para complicar todo el proceso de los 14 años a los 17 tuve muchos problemas de salud. Interiormente Dios no desistió de mí ni yo de Él y la formación para la confirmación contribuyó para profundizar mi decisión de seguir a Jesús.

A los 17 años volví a hablar con mi madre sobre el asunto de querer ser religiosa y más, que me gustaría participar en los encuentros con las hermanas una vez por mes. Ella me permitió que fuese y sentí que Dios estaba tocando el corazón de mi madre. Fue un año de encuentro y descubrimiento, pedí a Dios que me diese una señal en mi confirmación. A los 18 años en marzo de 2003 recibí la confirmación y en el mismo año el día 26 de septiembre en compañía de mis padres que me fueron a llevar a Casa de las hermanas inicie una nueva historia. La mayor victoria fue que Dios tocara mis padres para que se deshicieran de los proyectos que tenían para mí, dándose cuenta de que los hijos son dones gratuitos recibidos de Dios. Aún hoy me acuerdo de las lágrimas y sobre todo de las palabras de mi madre cuando llegamos a la puerta de las hermanas: “Hija si es este el camino que Dios tiene para ti, si este camino te hará feliz sigue adelante”. Ese día comenzó una historia de amor y de aventura con Dios, no sé a donde el señor me llevará sólo sé que Él nunca me dejó ni me dejará sola. Sólo tengo que agradecer a Dios por todo y todas las personas que puso en mi camino. Hice el primer año de aspirantado en la isla de Maio, Cabo Verde y el segundo año en Fátima, Portugal. El postulantado y el noviciado los hice en Braga, Portugal en septiembre de 2008 hice la primera profesión y en diciembre de 2014 hice la profesión perpetua. Hace 17 años que empecé el camino que Dios trazó para mí, ha sido una aventura iniciada por Dios cuyo camino y meta sólo él conoce.

El Señor me alcanzó transformando mi vida (cf A.E 5), ahora con la gracia del señor quiero seguirlo en la escucha orante, llevando su abrazo a las personas a las que Él me envía a testimoniar su misericordia y su ternura. En este momento experimento lo que realzó el Papa Francisco en la encíclica alegraos y exultad (8) “De la alegría del encuentro con el señor y de su llamada brota el servicio en la Iglesia la misión :llevar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la Consolación de Dios, testimoniar su misericordia” . En la fidelidad del Señor caminaré preguntándole lo que quiere de mí todas las mañanas y entregando mi jornada al anochecer.

Ahora mi madre repite muchas veces esta frase: “Entregué una hija y recibo hijas de 4 continentes. Dios me recompensó.” Sí, ahora puedo decir respondiendo lo que mi madre de esta forma, tu recompensa será muy grande (Gn 15,1) Termino mi testimonio vocacional con este pequeño poema que titulé: Vocación, con las palabras que nacieron mientras escribía esta historia.

 

Vocación

Don de Dios,

revelado a los hombres por Jesús,

invitación personal e íntima,

corazón humano, morada de lo divino.

Voz paciente que susurra,

rompiendo la sordera del alma,

alegría en silencio contenida,

el Todo al encuentro de la nada.

 

Respuesta a la pregunta,

dulce encuentro en la búsqueda,

entrega en la gratuidad,

vidas generadas en fidelidad.

El alma no descansa

sin entregarse a aquel que llama en la confianza,

esculpir el sí en alianza,

ser en el mundo testimonio y esperanza.

Explicar no sé

sólo sé que …

su rostro contemplé,

su voz escuché,

seducir me dejé

en ti me encontré.

Ir. Eli Correia

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